Biodanza y niños
“Yo
creo que lo que hacemos aquí iría muy bien a mi hija”.
Eso fue lo que nos dijo un padre que hace más de un año participa
en un grupo semanal de Biodanza. Muy a menudo es así como los niños
se acercan a esta técnica: incentivados por madres y padres que
en algún momento se han sentido beneficiados por sus efectos restauradores.
A diferencia de otras técnicas terapéuticas, Biodanza no está enfocada
hacia los conflictos y dificultades. Su técnica consiste en la inducción
de vivencias integradoras a través de la música y del movimiento
en un contexto grupal. Sus ejercicios están estructurados para estimular
el desarrollo de nuestro potencial genético, que se expresa a lo largo
de toda nuestra vida a través de la vitalidad, la afectividad, la sexualidad
y la creatividad. Son exactamente estas las características que se ven
afectadas por enfermedades como la depresión, angustia y ansiedad y
muchas otras que se están manifestando a una edad cada vez más
temprana.
Cecilia Luzzi, facilitadora chilena y la primera persona en implementar la
especialidad de Biodanza para niños, nos dice en su libro que “un
niño sano es aquel que tiene gran capacidad de movimiento y vivacidad,
atento, con disposición vital permanente, tanto en la acción
como en el descanso, con intenso impulso sexual y autoerotismo, con gran curiosidad
por el mundo que se le abre, lleno de inquietudes y de preguntas, creativo,
reflexivo, cariñoso,” una descripción que puede suponer
un problema para muchos adultos, que tendrán dificultades para aceptar
una o varias de estas características a causa de su propia desconexión
vital. Son estos mismos adultos los que van a educar dando continuidad a una
cadena educacional basada en la represión de nuestras necesidades más
básicas, una cadena educacional muy difícil de romper.
El objetivo fundamental de la Biodanza para niños es estimular la expresión
de la afectividad, siempre desde una perspectiva lúdica. La activación
del potencial afectivo consiste en despertar en el niño el respeto cariñoso
por el otro, fomentar valores como la amistad, solidaridad o la capacidad de
crear vínculos desde la vivencia. La experiencia grupal afectiva crea
en los niños la sensación de pertenencia y confianza, dos sentimientos
fundamentales para una sana convivencia social.
La Biodanza para niños tiene un carácter claramente profiláctico,
elevando el nivel de salud, reforzando la unidad y el equilibrio del organismo.
Desde una perspectiva biológica, sus ejercicios tienen la función
de estimular el sistema inmunológico aumentando sus defensas. A nivel
emocional, estos mismos ejercicios tienen una función integradora, fomentando
la coherencia entre la acción y la emoción, lo que genera en
el niño la seguridad necesaria para expresar su propia identidad.
En general, los niños están agrupados por edades homogéneas,
y divididos en 2 grupos. El primero va de los 4 hasta los 7 años, y
el segundo de los 8 hasta los 11, que es cuando el niño ya entraría
en la fase de preadolescencia. Las sesiones duran alrededor de una hora y
se realizan una vez por semana.
Hace un par de años que Maite, maestra y una de las coordinadoras del
Núcleo de Biodanza para Niños de la Escuela de Biodanza en Barcelona,
desarrolla un trabajo para estimular inteligencia afectiva de niños.
La inteligencia afectiva es un concepto propuesto por Rolando Toro, creador
del sistema Biodanza, basado en las propuestas de la Educación Biocéntrica – un
modelo educacional que tiene como paradigma central el respecto a la Vida,
y en la Biodanza su principal herramienta. Maite nos cuenta que los niños
están sorprendidos de sus propias posibilidades. Uno de ellos explicaba
en el espacio reservado para compartir sus vivencias: “Lo que me gusta
es que siempre descubro algo nuevo en cada sesión.” Y desde la
sabiduría intuitiva que caracteriza a los niños, completaba: “Creo
que lo que hacemos aquí iría muy bien a mi madre…”
Luís
Otávio Pimentel
(publicado en la revista Ser Humano Hoy)
Danzar
la Vida
En 1965, cuando Rolando Toro empezó a investigar los efectos de la música
y del movimiento con los pacientes de un hospital psiquiátrico de Santiago
de Chile, no podría imaginar que estaría dando los primeros pasos
para desarrollar un sistema de integración humana - la Biodanza - que
se expandiría por todos los continentes del mundo casi 40 años
más tarde.
Rolando Toro, psicólogo y antropólogo, formaba parte de un equipo
multidisciplinario, que tenía por objetivo en aquél momento mejorar
la calidad de vida de los enfermos mentales y humanizar sus relaciones con
el personal médico y paramédico de aquella institución. “Los
enfermos, que por definición tienen una identidad mal integrada, sufrían
una disociación mayor en la medida que realizaban determinados tipos
de movimiento” , escribió Toro. A raíz de eso, seleccionó músicas
y danzas que pudieran reforzar la identidad de los pacientes, además
de ejercicios de contacto físico con el objetivo de reforzar la sensación
de límite y cohesión corporal. “El resultado fue claro:
muchos de los enfermos aumentaran su juicio de realidad, las alucinaciones
decrecieran y aumentó la comunicación en el grupo.” Sorprendido
por los resultados, empezó a experimentar con otros grupos de paciente – ansiedad
crónica, trastornos psicosomáticos, entre otros, - a medida que
confirmaba sus hallazgos. Muy pronto la Biodanza saltaría los muros
del hospital ganando importancia como un sistema de crecimiento y desarrollo
personal.
Pero sería injusto y tal vez ingenuo adjudicar la creación de
la Biodanza a los conocimientos y la experiencia académica de su creador.
Rolando Toro, igualmente pintor y poeta, lleva en sí lo que otro poeta,
el brasileño Drummond, denomina “el sentimiento del mundo”,
y mirando hacia atrás, solo podemos concebir la Biodanza como creación
de una persona enamorada de la vida, como siempre ha sido Toro en sus 80 años.
La definición de Biodanza
Rolando Toro define la Biodanza como un sistema de integración humana,
renovación orgánica, y reaprendizaje de las funciones originarias
de la vida.
Integración humana
Arthur Jores, médico especialista en la medicina psicosomática,
contabiliza cerca de dos mil enfermedades. De esas, 500 son comunes al ser
humano y otros animales. Las otras mil quinientas son exclusivamente humanas,
las que denomina enfermedades de la civilización.
Parece pues que el precio que estamos pagando para llegar al nivel actual de
progreso, tecnología y especialización es muy alto. Tal vez se
pueda decir que la disociación sea la síntesis de la enfermedad
moderna: un ser disociado de sus instintos que ha perdido la función
de conexión a la vida.
Biodanza, a través de su práctica regular propone rescatar la
integración a tres niveles:
1. Con uno mismo, restableciendo la unidad psicofísica: cuerpo y mente
como expresión única de lo humano.
2. Con su semejante, restaurando el vínculo original con la especie
como totalidad biológica, punto de partida para el sentimiento de solidaridad
y respeto.
3. Con el mundo que nos rodea, rescatando el vínculo que nos une a la
vida, fuente de la verdadera vivencia ecológica.
Renovación orgánica
Somos un complejo sistema biológico y como tal poseemos la capacidad
de autoorganización. Mientras estamos ocupados en vivir nuestro cotidiano,
algunos de forma más integrada que otros, todo nuestro organismo está comprometido
con la tarea de mantener nuestro equilibrio interno y en promover los procesos
de reparación orgánica necesarios para mantener y optimizar nuestras
funciones vitales.
Los ejercicios de Biodanza tienen un carácter regulador al actuar sobre
el cerebro emocional. Por su metodología predominantemente no-verbal
y por el carácter integrador de las vivencias, la Biodanza activa los
mecanismos neurológicos y endocrinos responsables por la manutención
de nuestro estado de salud global.
Reaprendizaje de las funciones originarias de la vida
El instinto es una conducta innata, es la expresión de lo biológico
en nosotros, y su finalidad básica es la reproducción y preservación
de la vida. La conducta instintiva manifiesta la naturaleza en el ser humano
y se expresa a partir de determinados estímulos. No se trata de volver
atrás en la búsqueda de un paraíso perdido. La Biodanza
prioriza la vivencia como camino de sensibilización a los instintos,
con el objetivo de restablecer el vínculo entre esa naturaleza y la
cultura. La danza de la vida
Todo eso es lo que tiene presente un facilitador de Biodanza al estructurar
una sesión y coordinar un grupo regular. Su tarea es la de propiciar
las condiciones adecuadas de confianza y estimular a los participantes del
grupo para que estos puedan desarrollar y expresar lo que de alguna manera
ya traen en sí cuando vienen a un grupo de Biodanza, su propia identidad.
Una sesión de Biodanza tiene una duración aproximada de dos horas,
dividida en dos partes. La primera media hora está destinada a explicaciones
teóricas, a la aclaración de dudas y principalmente al intercambio
de información entre los participantes con respecto a las vivencias
de la sesión anterior. La Biodanza no es interpretativa, ni propone
un modelo de comportamiento. El espacio verbal tiene la función de ampliar
la intimidad en el grupo a través del intercambio de experiencias.
En la segunda parte, los participantes son invitados a danzar la vida y a expresar
su potencial por medio de una serie de ejercicios integrados, orientados por
consignas y estimulados por músicas específicas. Esa combinación
de movimiento, música y vivencia es el núcleo transformador de
la Biodanza.
Las vivencias en Biodanza están agrupadas en lo que se denomina las
cinco líneas de expresión del potencial humano: la vitalidad,
la creatividad, la sexualidad, la afectividad y la trascendencia. Los ejercicios
están estructurados para favorecer el desarrollo de cada una de esas
líneas de vivencia. La vitalidad está relacionada con el ímpetu
vital, el humor de fondo, la disposición para la acción y la
capacidad de descanso. La creatividad se vincula con el instinto de exploración,
la curiosidad e innovación. La sexualidad está ligada al placer
sensual, al erotismo, al disfrute de la vida. La afectividad está vinculada
a la solidaridad de especie, al instinto gregario, a la nutrición y
protección. La trascendencia es lo que nos invita a dejar de lado nuestro
ego y vincularnos a sistemas mayores, a ser parte de un todo y rescatar la
sensación de pertenencia.
La sacralización de la Vida.
“ Toda vida es sagrada”, afirma Rolando Toro y la Biodanza es un
espacio de celebración de la vida. Después de vivir 10 años
en Italia, él ha vuelto a su Santiago de Chile, desde donde coordina la
difusión de la Biodanza en el mundo. Hace poco podíamos verlo a
sus ochenta años delante de más de un centenar de facilitadores
de Biodanza en una formación de didactas, moviéndose con alegría
y compartiendo su sabiduría.
“¿ Por qué la Biodanza? Tenemos la música que tiene
un efecto transformador; tenemos al movimiento que integra la mente y el cuerpo;
la motivación afectiva, el contacto, la caricia; y la regresión.
Y todos estos factores unidos crean un haz de transformaciones que es superior
al efecto aislado de cada uno de ellos. Es un sistema complejo, de extraordinario
efecto, porque abarca muchas zonas, abarca todo el organismo, la mente, la percepción,
el lenguaje, el sistema endocrino, el sistema inmunológico. Cambia la
actitud frente a la vida, la estructura de la existencia, cambia todo y el éxito
que tenemos en el ámbito planetario, en este momento, se debe a eso, a
su efecto vertiginoso de cambio. Por eso yo no creo ser un utópico cuando
pienso que en tres o cuatro generaciones, si se expande la Biodanza, vamos a
producir un cambio de fondo.”
(Artículo publicado en la revista Ser Humano Hoy)
Luís Otávio Pimentel
Música en Biodanza
Música
Natural
En la búsqueda de un lenguaje capaz de estimular nuestros potenciales
de salud, nuestra capacidad de resonancia y empatía, la música
es un recurso de extraordinario poder, cuyo valor primordial radica en su mensaje
inconfundible: el de una naturaleza, que nos revela que sus ritmos y armonías
son los mismos que están latiendo en nosotros, sacudiéndonos
a cada instante. Así, desde la aparición de las llamadas “terapias
corporales”, la música ha ocupado siempre un lugar de privilegio
como mecanismo inductor del movimiento y las emociones, y casi todas las técnicas
y sistemas terapéuticos que tienen como eje la danza y/o el compromiso
corporal la adoptaron.
Con la llegada de la tecnología digital y el disco compacto, la música
se fue aproximando cada vez más a aquel ideal pitagórico que
buscaba establecer relaciones objetivas entre ella y las matemáticas.
La conversión de ondas sonoras al sistema binario forma parte de un
proceso de desnaturalización del sonido —frecuentemente denunciado
por los músicos— que rompe la cadena física de eventos
que daba lugar a la “música analógica”, con la consecuente
disminución de su poder evocador, especialmente en lo que a emociones
se refiere. Cuestiones de mercado aparte, es evidente que el desarrollo tecnológico
actual guarda una estrecha relación con las propuestas musicales de
estos tiempos: mucha información, pero muy poca vibración.
Entrar en conflicto con una tecnología de la que difícilmente
podemos prescindir resultaría un esfuerzo quimérico. Pero reorientarnos
hacia un material musical más auténtico, que nos ofrezca
un mayor contenido vital e integrador, es una aventura no solamente posible,
sino imprescindible.
Para lograrlo sólo necesitamos volver a las fuentes biológicas
de la musicalidad, apartándonos de aquellas músicas concebidas
con fines exclusivamente comerciales, cuyo contenido emocional suele ser superficial
y estereotipado, y su potencial evocador arquetípico inexistente.
La música auténtica, como necesidad de expresión y creación
visceral humana, es un fenómeno que revela contenidos emocionales y
psicológicos profundos (conscientes e inconscientes), tanto de naturaleza
personal como colectiva. Es precisamente la emergencia de este “fondo”,
surgiendo como un llamado de las entrañas, la que le confiere unicidad
y diversidad a la vez. Hablando de sí, el artista habla del mundo.
Todas las músicas vitales contienen en sí la diversidad de elementos
que conforman la naturaleza orgánica que es la base de la identidad
humana. Su riqueza y frondosidad reside en su esencia a la vez paradojal e
inequívoca: son simples, pero también complejas, revelando el
dinamismo del mundo emocional cuando éste se expresa de forma auténtica.
Son etéreas y sutiles —apenas aire en movimiento—, pero
tan concretas que pueden tocarse. Son mágicas y misteriosas, pero tan
precisas como la flecha que penetra con certeza en el blanco. Son plurales,
porque su código de belleza nos alcanza a todos por igual, al percibir
en ellas la melodía esencial que alguna vez fue nuestra y aún
pulsa deseosa de recobrar su plenitud; y porque somos sus coautores, ya que
la música no tiene existencia fuera de nuestra subjetividad; ella es
siempre una relación, una recreación permanente que posee
las tonalidades y arreglos de nuestra propia vida.
Dice el músico Peter Hamel: “Una nueva música necesita
aprender de todas las tradiciones musicales, buscar antecedentes olvidados
y dar a conocer de nuevo la función original de la música, su
ligazón con las experiencias humanas más profundas, sin caer
en un eclecticismo ingenuo. En la actualidad existe una tendencia a descubrir
las fuentes originales de la música, que son las únicas que pueden
señalar el camino hacia una nueva vivencia musical, resumiendo al ser
humano en su totalidad. Estos rara vez son descubrimientos de nuestra época,
sino redescubrimientos de lo que ya sabían los antiguos pueblos y culturas,
pero que había caído en el olvido por el desarrollo predominantemente
racionalista de Occidente.”
Ser música
Un planteamiento holístico de la música y la danza como expresiones
vitales integradas debe ser capaz de superar la formulación tradicional
de estímulo y respuesta. No se trata sólo de escuchar música
y danzarla. Un enfoque de este tipo, basado en la vieja concepción dualista
(mente-cuerpo) y en la linealidad temporal (causa-efecto), promueve vivencias
fragmentadas, que en lugar de favorecer la integración, refuerzan las
disociaciones existentes. Biodanza utiliza la música dentro de
una gestalt que involucra el movimiento integrado (ejercicios) y las
emociones
como un
sistema de elementos interactuantes.
Si bien metodológicamente sólo podemos actuar a través
del sonido (música y consignas) y los ejercicios (cabe señalar
que las emociones y las vivencias son de categoría óntológica,
subjetiva, y no pueden ser incluidas dentro de la metodología), la aplicación
coherente de estos elementos, dentro del marco grupal, genera un campo que
además de promover la aparición de vivencias, las contiene, dando
lugar a una expresión integrada, en donde los distintos elementos interactuantes
se nutren de forma recíproca, amplificando su intensidad y significados.
En este contexto, la percepción musical se transforma en una experiencia
que abarca la totalidad del ser.
El sonido se fusiona con la identidad en un proceso global de integración
que trasciende lo estrictamente auditivo. No escuchamos música. La recreamos
a través de sutiles y complejos mecanismos de resonancia que alcanzan
tanto a las células como a los pensamientos. Somos música. Y
nuestra danza es la expresión coherente de esa ontología.
Cada música en su lugar
En una propuesta de reaprendizaje de funciones vitales que, por distintos
motivos, se encuentran bloqueadas o sufren perturbaciones, las músicas deben
ajustarse con precisión a los requerimientos específicos de esos
aspectos saludables que queremos desenvolver. Necesitamos, por lo tanto, de
músicas orgánicas, que respeten las pautas fisiológicas
básicas (ritmo y frecuencia cardio-respiratoria) que refuerzan los niveles
de regulación homeostática. Músicas sensuales, con un
desarrollo armónico y fluido que amplíen la percepción
y el goce cenestésico, así como las sensaciones táctiles.
La integración de las emociones a la acción se ve facilitada
a partir de un mensaje musical que permita la manifestación coherente
del movimiento junto a las sensaciones suscitadas por el sonido. Si utilizamos,
por ejemplo, una música con ritmo euforizante y melodía alegre,
promoveremos una vivencia integradora. Si usamos, en cambio, músicas
de ritmo euforizante y melodía melancólica, el resultado será una
vivencia disociada y desorganizadora. Toda música que contenga elementos
contradictorios en su estructura provocará vivencias de la misma índole,
generando confusión y dificultando el acceso a una emoción vinculada
armónicamente a los gestos. Buena parte del panorama musical actual
presenta estas características: desarrollo fragmentado, ritmos obsesivos,
etc. Muchas de las músicas llamadas New Age, así como la música
serial o minimalista (comúnmente recomen-dadas como armonizantes),
constituyen un buen ejemplo de este efecto desintegrador.
El aspecto creativo de la música es esencial en la búsqueda de
un movimiento novedoso y auténtico, no estereotipado. Las músicas
monótonas y repetitivas no son más que la expresión de
nuestras vidas agónicas, empobrecidas por la ansiedad y la angustia.
Si entendemos vida como movimiento, una verdadera renovación existencial —crear
nuestra propia vida— se ve favorecida a través de músicas
que contengan en sí mismas estos atributos: una melodía rica
en variaciones, texturas y matices armónicos, pasajes rítmicos
de distinta intensidad, etc. Esta creatividad intrínseca neutraliza
la producción de respuestas motoras de tipo mecánico y
abre camino a la espontaneidad.
El delicado espacio de la comunicación humana precisa también
de músicas adecuadas. ¿Cuántos de nosotros hemos sufrido
esos “encuentros” de amigos matizados por el ruido y la estridencia?
Esto no significa que la posibilidad de un sincero intercambio se genere solamente
en la quietud o la calma, sino que la integración y el desarrollo de
los potenciales afectivo-motores (ser con otro) requiere músicas que
despierten la sensibilidad necesaria para crear circuitos de comunicación
en feedback. La intimidad (intimar: entrar en contacto) requiere una musicalidad
que se ajuste a esa energía vinculante y la potencie. Puede ser en la
tensión dinámica de un swing o en la suave levedad de un adagio.
Lo esencial es que conlleve esa presencia vital que, como un vendaval poético,
supere el vacío y la distancia que habitual-mente separan a las personas.
Este tipo de energía amorosa sólo se encuentra en una verdadera
obra artística. Vive allí desde el momento de su concepción.
Y antes que eso, como embrión vinculante en el corazón de su
autor. Es esta belleza irresistible la que viaja decidida hasta la piel y atraviesa
dulcemente los tejidos, hasta tocar la emoción.
Existe, además, un potencial evocador que va más allá de
las emociones. Ciertas músicas tienen un poderoso efecto movilizador
de estructuras psicomotoras arquetípicas, que pro-mueve un viaje directo
a lo inconsciente, a ese instante atemporal y desconocido en que las notas
y los ritmos también forjaron mitos, poniéndole sonido
a la memoria colectiva.
Músicas de la tierra, con sus rituales de fecundidad y nutrición;
del agua, la cálida sinfonía amniótica, el eterno retorno.
Música ondulante en la genital seducción de la serpiente. Músicas
del fuego, de lo efímero, nervio y transformación. Cuerdas y
clarines, la fanfarria triunfal del héroe. Música de ángeles,
el niño divino, la dulce melodía de las esferas. La música
es una trama sutil por la que circulan acordes de todas las eras. Ecos, en
los que lo animal, lo cósmico y lo humano, se confunden en majestuosa
sintonía.
Los sonidos del silencio
Resulta imposible hablar seriamente de música sin mencionar el silencio.
Casi podríamos arriesgarnos a decir que todos los esfuerzos dedicados
a la investigación y el desarrollo metodológico en materia musical
conducen, en última instancia, a ese momento crucial en que los
aparatos y los discos pierden sentido frente a su monumental presencia.
El silencio es la mayor conquista musical y, probablemente, uno de nuestros
mejores aliados. Él contiene todas las músicas posibles, no sólo
en el sentido de la vacuidad germinativa (nada más alejado del silencio
que ese vacío estéril en el que toda voluntad creadora resulta
insuficiente). El silen-cio es ese espacio rico y vibrante de completitud que
se produce cuando los sonidos ya han dado todo de sí. Cuando los matices,
timbres y colores han expresado todo su potencial y pasan, entonces, a organizarse
en una nueva dimensión. El silencio musical es, por lo tanto, una experiencia
culminante; un ordenamiento diferente, susceptible de ser percibido y asimilado
sólo mediante la vivencia.
“
Toda existencia es una relación”, decía Alan Watts. En
la plenitud del silencio la danza tendrá, en cada uno de nosotros, una
sonoridad propia e intransferible. La música nupcial de nuestra
intimidad con la grandeza.
Un viaje emocionado
Biodanza es un sistema de expresión de potenciales a través de
vivencias integradoras. Dentro de este marco, lo “corporal” (así como
lo “mental”), sólo puede conceptualizarse como un aspecto
de la totalidad. Del mismo modo que la cuerda y el arco no producen nada por
sí solos, y es en su contacto que surge esa nota vibrante que nos revela
un mensaje de unidad, Biodanza propone un enfoque holístico capaz de
superar la disociación platónica y de restituirnos la integración
originaria. Para este acceso a la identidad, la música tiene todas
las llaves y el influjo apasionado que nos conduce a territorios desconocidos,
en donde las emociones y los movimientos danzan la gran fiesta de ser. •
(Artículo publicado en la revista Simplemente Nš 3)
Carlos
Pagés
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